
Cuando miro aquellas calles por donde tántas y tántas veces caminé, cuando encuentro mis pasos de ida y de venida y noto que ahora mi rumbo tiene otra dirección, comprendo que ya nada es igual.
Las noches no son más largas, ni el verano es más intenso, sólo que la lluvia tiene otro sabor y en los ojos de la gente miro que ya nada es igual.
Aferrarse al pasado, es aferrarse a la vana idea de que se pueden encapsular los sentimientos, la vida y el devenir, en una cápsula de cristal inamovible de monotonía y pasividad.
La vida va, y la vida viene, y quién no está preparado para ella sufre sus embates.
Darse cuenta a diario que uno sigue siendo uno, aunque ya no se encuentre en la misma situación o con las mismas personas, podría ahorrar muchas lágrimas y mucho dolor.
Inclusive cuando todos te abandonan, te tienes a ti.
Así que cuando en la vida, ya nada es igual...
Hay que sonreir.